Lo incierto y la muerte

Photo by Marius Christensen on unsplash
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Durante su vida había padecido mucho tiempo miedo y ahora, cuando la muerte le atenazaba el cuello, no sentía ningún miedo, ningún terror, sólo risa, salvación, comprensión.

De repente supo lo que era miedo y que sólo lo vencía quien lo descubría. Se tenía miedo a mil cosas, al dolor, a los jueces, al propio corazón, al sueño, miedo al despertar, a la soledad, al frío, a la locura, a la muerte, sobre todo a ella, a la muerte.

Pero todo era máscara y disfraz. En realidad, sólo se temía una cosa: el dejarse caer, el paso a la incertidumbre, el pequeño paso que cruza todas las seguridades existentes. Y el que una vez, una sola vez, se había entregado, el que había tenido una vez la gran fe y se había abandonado al destino, éste se había liberado. Ya no pertenecía a las leyes terrenales, había caído en el universo y giraba en la danza de los astros. Así era. Era tan sencillo que cualquier niño podía entenderlo, podía saberlo.

No pensaba esto como se piensan las ideas, lo vivía, lo sentía, lo palpaba, lo olía, y lo saboreaba. Gustaba, olía, veía, comprendía lo que era la vida. Veía la creación del mundo, y veía el ocaso del mundo, ambos como dos ejércitos enfrentados, siempre en marcha, sin llegar jamás al fin.

El mundo nacía continuamente y continuamente moría. Cada vida era un soplo lanzado por Dios. Cada muerte era un soplo sorbido por Dios. El que había aprendido a no resistir, a dejarse caer, moría fácilmente, fácilmente nacía. El que resistía, tenía miedo, moría con dificultad, nacía de mala gana.

Mientras se hundía en la gris oscuridad de la lluvia sobre el lago nocturno vio reflejado y representado el círculo del Universo: el sol y las estrellas nacían y morían incesantemente, coros de hombres y de animales, de espíritus y de ángeles reunidos cantaban, callaban, gritaban; hileras interminables de seres convergían, cada uno desconociéndose y odiándose a sí mismo, y odiándose y persiguiéndose en los demás.

Todo lo que anhelaban era la muerte, la tranquilidad; su fin era Dios, regresar a Dios y permanecer en Él. Este fin producía miedo porque era un error. ¡No existía la permanencia en Dios! ¡No existía ninguna tranquilidad! Sólo existía el eterno, feliz y sagrado ser-aspirado y ser-espirado, la creación y la destrucción, el nacimiento y la muerte, la partida y el regreso, sin pausa, sin fin.

Sólo existía un arte, una doctrina, un misterio: dejarse caer, no oponerse a la voluntad de Dios, no aferrarse a nada, ni al bien ni al mal. Entonces uno estaba salvado, se liberaba del dolor, del miedo.

“El último verano de Klingsor”, Herman Hesse

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