El ronquido de Silvestre

Viajar con mascotas
Ilustracion de Dimas Melfi (fanpage oficial)

Dimas Melfi, artista visual argentino, comparte con Canario Rosa una anécdota poco feliz sobre los viajes con mascotas. Una advertencia sobre las gotas tranquilizadoras y sus contraindicaciones en gatos…

La historia sobre mi gato Silvestre pasó cuando era adolescente, a mediados de los 90; una vez que salimos de viaje con mis padres para pasar las fiestas en el pueblo de mi mamá y mi abuela (Morteros).

Como lo hicimos en colectivo, y en dos etapas (Catamarca-Córdoba y Córdoba-Morteros), la mejor solución y la única permitida por las empresas en ese tiempo, fue la de llevar el gatito en una canasta. Tenía un puñado de meses, acabábamos de adoptarlo y no teníamos a quien dejárselo por el tiempo que íbamos a estar fuera; así que llevarlo con nosotros en un cesto acondicionado para que pudiera viajar lo más cómodo y tranquilo posible nos pareció la mejor opción.

Lo problemático del asunto fue que el veterinario nos había recomendado darle una medicación en caso de que se pusiera inquieto. Al principio del viaje parecía ir bastante calmo pero con el paso de un par de horas, empezó a saltar y gritar desde la canasta. Como sinceramente no queríamos darle la droga sugerida, lo toleramos en ese estado todo lo posible hasta que decidimos hacer el intento de darle una dosis, con la mala fortuna de que en vez de administrarle las pocas gotas indicadas, le dimos un chorro completo.

El pobre no sólo no se calmó sino que se puso más intranquilo y gritón, por lo que el resto de ese viaje fue terrible para él, y en consecuencia para quienes viajábamos con él y el resto del pasaje. Recién pudo serenarse faltando un par de horas para llegar al destino.

El otro viaje de ida fue mucho más llevadero y sin incidentes (al igual que los de vuelta), nos dejó tranquilos el verlo caminar aunque desgarbadamente cuando lo pudimos liberar en un sector ajardinado de la Terminal de San Francisco. El pobrecito habrá estado seguramente mareado por la medicación y los movimientos del vehículo, efectos que tratábamos de atenuar cargando la canasta de tanto en tanto, para que no quedara asentada en el suelo y a merced de los sacudones bruscos.

Para cuando llegamos a Morteros el gatito estaba lo suficientemente espabilado como para andar por aquí y allá, persiguiendo y molestando a Silvestre, el viejo gato de mi abuela. Tanto se apegó a él que a la hora de llamar al gato mayor para comer, el pequeño se aparecía también y así fue como le quedó pegado el mismo nombre.

En ese tiempo Silvestre el pequeño desarrolló un ronquido característico por el cual era fácil enterarse que estaba cerca. El veterinario nos contó que se originó al habérsele escurrido la bendita medicación por las vías respiratorias. Por fortuna no le complicó la existencia, ya que vivió muchos años y muy felizmente, pero su propio ronquido nos sirvió de recordatorio de aquellos momentos amargos que le hicimos pasar durante ese largo viaje interprovincial.

Desde esa ocasión prometimos no comprometer en una situación similar a ninguna otra mascota, al punto de que nunca hemos trasladado a ningunx a puntos más alejados de lo que quedan las veterinarias respecto de mi casa.”

Ilustración de Dimas Melfi.

 

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